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Madrid, en la encrucijada de la Biodiversidad

Vigilando al Guadarrama

Vigilando al Guadarrama

La Comunidad de Madrid se planta en el corazón de la península Ibérica y se reparte el placer de degustar una muestra muy representativa de casi todas las excelencias biológicas de nuestro territorio interior.

La afortunada presencia de un relieve contrastado, a caballo entre un norte montañoso y un sur tallado por la cuenca del Tajo, va tejiendo un paisaje caracterizado por una variadísima gama de interesantes rincones con personalidad y personajes propios. La conjunción indisociable provocada por los resaltes y vaguadas topográficos entre lo que acontece en las alturas, donde se cuece lo meteorológico,  y lo que se arrastra por los suelos, donde lo meteorológico se sirve en suculentos platos indispensables para la vida, configuran el infinito mosaico gastronómico de este singular territorio.

Es el mismo que pide a gritos liberarse del secuestro al que se le somete día a día, enterrando sus más ricos bienes patrimoniales entre el monótono fluir de un vasto ecosistema dominador, en crecimiento exponencial, contundente, devorador de vidas inocentes, el que impone el capricho humano.

Entre el mareante y frenético discurrir del omnipresente escenario urbano, aún se resisten a sucumbir las más altas cumbres, algunos de los más meridionales valles, esplendorosos bosques mediterráneos, refrescantes humedales, umbrosos hayedos y abedulares, cantiles verticales de yeso, roquedos graníticos de formas inverosímiles, angostos valles calizos,  ricas dehesas y alfombrados cultivos cerealísticos que dan cobijo a un espectro biológico de gran diversidad. Todo un auténtico milagro a estas alturas.

Son las peculiares condiciones ambientales las que favorecen esta privilegiada situación. Madrid es encrucijada de mundos distintos que chocan entre sí en el interior más íntimo de sus dominios. El pasado geológico y climático ha dejado profunda huella, la incesante actividad humana ha ahondado sobremanera en el resultado final. Los últimos vestigios de ese pasado se refugian en pequeños valles, laderas y rincones milagrosamente salvados para deleite museístico de hornadas y hornadas de visitantes estupefactos ante las sublimes manifestaciones de nuestra querida natura.

La erosión arranca la piel externa del territorio, deja el interior en carne viva y la esparce en diferentes secuencias por las faldas de la sierra. Fauna y flora especializada busca hogar en lugares inverosímiles, en el límite de la supervivencia, donde pocos pueden competir, ya rendidos ante las inclemencias ambientales. La montaña de Peñalara, además de acercarnos y permitirnos tocar con la yema de los dedos al mítico cielo de Madrid, nos obsequia con uno de esos escenarios ideales para cobijar especies raras. Descendiendo, y aún en sus regazos, sobreviven en los límites más meridionales, sometidos a los cambios climáticos, hayas, abedules, tejos, acebos y serbales.

Más abajo, los ríos trenzan y dan vida a los espacios menos afortunados con las lluvias, dejan tras de sí un estrecho pero bullicioso corredor donde especies de todo tipo recalan de forma permanente o temporal. Aprovechan las fértiles vegas bien plantadas de verde o agujereadas por feroces máquinas cometierras miles y miles de aves, peces, anfibios y mamíferos en una auténtica explosión, casi espontánea y  virginal de vida. Anátidas venidas de ámbitos lejanos, esbeltas garzas y garcillas, calamones y bigotudos, sapos y ranas ya no tan comunes, convierten la ingeniería industrial en paraíso natural.

Magnetizados por un sorprendente valor en alza, cautiva un rico y desolado ecosistema que se arrima armónicamente a los anteriores. Los cortados y cantiles yesíferos del sureste madrileño son un espejo para extraños ecosistemas más propios del norte de África o incluso del oriente próximo.

Cada año se descubren en ellos nuevas formas de vida, algunas se creían extinguidas, otras mantienen poblaciones exiguas, a punto de perecer bajo la constante amenaza antrópica.  El escarabajo avispa es sólo una de esas especies olvidadas que aflora cuando alguien busca en los entresijos del aljezar y descubre que todavía no sabemos cuantos nuevos inquilinos tenemos cerca de casa.

En los intersticios dejados por ríos y montañas salvan la tierra los cultivos de secano y las dehesas mediterráneas, dos ejemplos de intervención humana que conceden oportunidades a otras tantas especies singulares y peligrosamente escasas, avutardas, águilas perdiceras o imperiales.

La Comunidad de Madrid, en definitiva, se convierte en una mirada hacia el interior de un interesante entramado de relaciones, que con el paso del tiempo ha visto germinar y evolucionar un territorio hasta alcanzar la complejidad existente hoy día, que le debe gran parte de lo que hoy somos y de lo que hoy tenemos a su armoniosa convivencia. La existente entre todos los elementos que en ella se dan cita, ya sean vivos o inertes, todos juegan un papel importante.

La flora, la fauna, los ríos y la montaña son la base de un conjunto vital que la mano del hombre ha moldeado a través de los años. En los escasos rincones donde esa mano se acercó con respeto, la armonía y la razón lógica de la vida fue capaz de emocionarnos y trasladarnos a un mundo real del que seguimos dependiendo y al que, a pesar de todo, negamos su necesaria contribución para mantener nuestra propia existencia.

Conocer cuánto nos aporta al enriquecimiento social y a la calidad de vida de los madrileños los ecosistemas y sus diferentes formas de vida, es una tarea que se presenta como importante reto para los próximos años. Seremos ricos si conservamos nuestra riqueza, seremos conscientes si nos acercamos con respeto, sentiremos admiración si les damos la libertad suficiente para que no teman por su futuro, que no es otro que el nuestro. Biodiversidad es sinónimo de esperanza, de prolongación infinita de la vida, y Madrid se encuentra en una encrucijada donde el camino hacia la biodiversidad se puede elegir si su indicador consigue brillar con tanta fuerza como el de los demás.

Publicado en la revista El Ecologista Madrid nº 16

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Una respuesta

  1. Mónica

    Muy bueno tu artículo, estoy totalmente de acuerdo, lo comparto.

    Un fuerte abrazo